"Temblábanle las manos sin control alguno. Su cuerpo reverberando en silencio, anunciaba la tan odiada incoherencia. Ésta, inoportuna, se presentaba cada vez que la veía, o le hablaba, incluso cada vez que la escuchaba venir hacia él, con esas ruidosas zapatillas con suela de goma, que a él tanto le gustaban y que ella usaba cada vez que podía, (o cada vez que el clima se lo permitía.)
Quería hablarle. Decirle tantas cosas...
Nuevamente hablaban de temas superfluos. Impaciente, abre la boca para decirlo todo. Ella lo mira atenta.
Creyendo que lo lograría, deja hablar a su corazón,(Aunque técnicamente éste no cumpla dicha función, pensó)¡ADELANTE! DILE TODO... Ni aire salió de sus labios.
Corazón cobarde, pensó. ¡NO! YO SOY EL COBARDE. Cómo no decirle que la amo... Si sólo debo decirlo. VAMOS, ARRIÉSGATE. (...) Pero nada afloró de su pecho. Se asombró de su propia falta de coraje.
Alguna vez se preguntó si esa era 'su cruz', (ya saben, en una de esas encantadoras noches de verano, donde el ocio se abre paso a través de la somnolencia.)
Si acaso el hecho de no ser capaz de decirle lo que sentía por ella, y estar destinado a estos diálogos corteses, dónde el tópico de mayor relevancia era qué vieron en la televisión el día anterior, sería la carga que debería llevar para toda su vida.
Pensó en su situación. ERES UN INCAPACITADO EMOCIONAL. UN ENFERMO, se dijo. Y ERES TAN PATÉTICO, QUE NO HACES NADA POR CAMBIAR, ERES... (...) De qué valía autodestruirse, de qué valía sabotear cada intento de acercarse, si al fin y al cabo, ni siquiera estaba seguro de amarla. Nada en la vida es seguro, pensó.
A quién engañaba. La amaba. La amaba tanto, que le quemaba las entrañas pensar en ello. Le ardía el cuerpo, se le secaba la boca, le sudaban las palmas y el corazón le latía más rápido. Se sentía enfermo, pero adoraba esa sensación de debilidad. Se avergonzaba de sentirse así, y a la vez anhelaba dichos síntomas a cada hora del día. Exudaba ambivalencia, por cada poro de su piel. (...)
Ella seguía hablando de minucias. ¡Dios!, cómo amaba la manera en que ella hacía parecer importantes, las cosas más absurdas. Escuchó cada sílaba que ella emitió. Atrapó cada suspiro entre frases, como un niño egoísta que acapara un juguete sólo para él. Y dedicó plena atención a las palabras de esa mujer. (...)
Eran ya las diez de la noche, cuando ella miró su reloj. - Me tengo que ir, dijo ella suspirando, mirando aún el reloj.
- No, no puede ser que ya sean las diez. Comentó él con pesar, pues bien sabía, que a esa hora en particular, ella tomaba el autobús a su casa.
- Realmente te gusta escucharme hablar, dijo ella de manera risueña mientras lo miraba directamente a los ojos.
En un arranque de sinceridad, (que parecía de éstos que son propiciados por alguna droga, alcohol, brebaje místico u otra clase de estimulante, pero que en este caso sólo se generó por la sinceridad acumulada durante años) le dijo:
- Sí, la verdad, es mi parte favorita del día.
Cuando terminó esta simple frase, sintió como su torso se paralizaba, mientras procesaba lo que acababa de decirle a ella. ¿En qué universo paralelo, se le hubiese ocurrido siquiera decir algo parecido? Se había delatado por completo.
Se aprontaba a recibir el golpe certero de un rechazo esperado por tantos años. (Para ser exactos dos años, desde el día que entre risas y un cigarrillo, se dio cuenta que la amaba).
Ella lo miró con curiosidad, mordiéndose el el labio inferior. Entonces vociferó con decisión:
- Ves, eso es lo que más me gusta de ti.
Se sintió descolocado, enmudecido, amordazado por una fuerza invisible.
Su cuerpo se contraía, sin saber cómo debía actuar. Se sentía extraño, como si lo que ella le acababa de decir, fuese incorrecto, o indebido (...)
Ella hizo un ademán, lo besó en la mejilla y luego con premura, corrió hacía la parada del autobús.
Esas agridulces palabras, ahora pululaba en su cerebro de manera agresiva y constante... "ves, eso es lo que más me gusta de ti". ¿Qué acaso ella...? Una sensación de calor se apoderó de su rostro, trató de balbucear un 'adiós', pero ella ya se encontraba muy lejos para oírlo.
No sabía qué hacer. Realmente no sabía qué hacer. Es decir, ¿acaso ella acababa de decir, lo que él creyó oír?... Al parecer, el tema de ésta y muchas otras noches sería ese.
Cómo no amar aquellas noches de verano..."