29 abril 2013

"La Autoreferencia murió aquí"


Lo esperaba desde hace cuarenta minutos. No sabía qué era lo que la hacía quedarse a esperarlo durante horas, o más si fuese necesario. ¿Era acaso que su amor por él la hacía sentirse viva en estos momentos? No, definitivamente no.
Antes solía preguntarse cosas existenciales, o de índole ideológicas antes de ir a dormir, para combatir un poco el ocio que le provocaba el insomnio. Este método le era bastante útil, además le provocaba alivio el encontrar (en ciertas ocasiones) las respuestas a dichas preguntas. Así, bastante satisfecha consigo misma, caía en los suaves brazos de Morfeo sin problema alguno.
Ahora en cambio, solía pensar y re-pensar en todas las actividades que hizo con él. O qué es lo que hubiera hecho en distintas situaciones (que por supuesto lo involucraban a él) donde no todo salió como ella quería.
Era lo único que la hacía dormir tranquilamente. Le enfermaba admitirlo, pero le encantaba pensar en él antes de dormir.
Miró hacia el cielo con añoranza de estar cerca suyo. Las nubes corrían lentamente. Deseó ser una nube para poder verlo desde arriba.
Se sentía tan tonta pensando en él. Infantil, insulsa, patética. Entre otros adjetivos que eligió cuidadosamente para sí. Odiaba pensar en él.
 Prendió un cigarrillo para ahuyentar los tentadores pensamientos.
Ya lo esperaba hace más de una hora. Estaba lista para recibir una llamada diciendo, "Lo siento, no pude llegar. Salgamos mañana mejor" Decepcionante. Así es la vida. Y lo peor era que aunque él la plantara mil veces, lo seguiría amando. Maldición, cómo lo amaba. El cigarrillo se consumía con cada doloroso vaticinio, no tardó más de ocho minutos en acabarlo.
Ya estaba pensando en qué es lo que haría al llegar a su casa, cuando lo vio. Su cuerpo oscilaba tenso, mientras trotaba desesperado hacía ella. El corazón le latía con tanta fuerza que creyó desfallecer. Se sintió angustiada pero, a la vez aliviada. Como cuando andas por primera vez en bicicleta, y temes caer, pero al mismo tiempo lo único que deseas es seguir. Pues la adrenalina ha invadido tu cuerpo, y en ese momento impera lograr dominarlo todo. Así se sentía cada vez que lo veía.
Él la abrazó y le pidió disculpas por el retraso. Ella lo miró, y agresivamente le arrebató las palabras con un beso. Quería mostrarle su dolor, quería escarmentarlo por sentirse a merced de su voluntad, quería morderle los labios hasta que sangraran, quería desgarrarle el alma con vehemencia... Quería permanecer adherida a esa boca infame por siempre.
Se sentía ambivalente, indefensa ante la ambigüedad de la situación, donde el roce de sus labios, era el receptáculo de la amarga saliva, hija de la nostalgia y los tormentos. Entonces pensó, que este instante absurdo y primitivo era lo único que la mantenía con vida. Lo único que tiene sentido, entre tantas ridiculeces e incoherencias que todos veneran como dogmas. Sus labios le muestran que no está sola en el mundo. Que este momento noble y efímero, le puede devolver la cordura; La fe si se quiere decir. Pero más que todo lo innombrable dentro de las penurias mortales, sus labios le devuelven su naturaleza, evocando el Génesis, lo primario que existe en ella.
El dulce momento termina. Él la mira y toma su mano, dirigiéndola hacia un nuevo lugar. Ella lo sigue sin oponerse.
Lo ama. Y aunque intente resistirse, lo ama como nunca amó a nadie.