28 julio 2014

El punto suspensivo en la vida de una mujer



Hace un frío que cala los huesos. Es como una niebla húmeda bajo la piel, constante e insistente...


Son escalofríos, tonta, sabes bien que ellos son consecuencia de una tarde llena de calor.

Sí, las tardes que dejan el cuerpo con un ardor. Lo caliente tratando de escapar en un suspiro rápido y solapado. Lo oculto en el roce de la ropa. Lo pasivo en el ardor interno. Lo quebrado en los intentos por evitarlo. El sol, los jadeos, la voz profunda, las ideas impetuosas, la ropa arrugada bajo los puños…


La humedad.

Sí, la humedad. La humedad que se extiende desde el centro hasta lo más alejado del cuerpo.
Desde el vientre hasta los dedos, dejando una estela en la espalda como una especie de recordatorio de lo que no es debido, un recordatorio de lo que se materializa en la estúpida metáfora, analogía, paradoja (cualquier figura retórica que pude haber olvidado en este listado de conceptos con un dejo aleatorio en su pronunciación), un recordatorio en lo absurdo de siquiera cuestionarlo, un recordatorio de lo amarga que queda la boca en la mera construcción fonética de la palabra (con sus alófonos y variantes diversas), un recordatorio de que cuando todo lo escrito se basa en lanzar frases separadas por comas, es porque la decadencia ha carcomido tus puntos más profundos, un recordatorio de lo vulnerable…


Lo inmoral. No divagues, solo dilo: LO INMORAL.

¡ESTÁ BIEN! LO INMORAL, LO QUE NO QUIERO TENER QUE VOCIFERAR Y ES POR ELLO QUE BAJARÉ LA VOZ AHORA: El deseo que permanece intacto y que a veces pienso no se irá de mí...







“Me enamoro de todo, me conformo con nada” Sabina sabe.

18 julio 2014

La elocuencia que brota un par de pasos más allá



Encender la luz del baño, abrir el mueble blanco para sacar una toalla, colgar dicha toalla cerca de la ducha, poner pasta de dientes en el cepillo y posicionarlo a un lado del lavamanos.

Pausa

Mirarme en el espejo: Pasar la vista desde la raíz del pelo hasta el lunar en la parte baja de mi mentón. Como un programa de televisión repetido, aparecen mis facciones doloridas con un dejo de desconcierto. ¿Siempre he sido así o es por el clima? (una pregunta recurrente por estos días).

Desvestirse, soltarse el pelo, sacarse el reloj. Admirar momentáneamente el cuerpo sin ropa, sin mentiras, agotado y lánguido (¿serán las tres de la tarde?, pienso).

El celular queda sobre la ropa, busco una canción adecuada (así con el cuerpo desnudo y media entumida, pero a la vez absorta en la acción), toco reproducir y entro a la ducha.

Lograr un balance entre el agua helada y el agua caliente siempre resulta un maldito desafío. Esperar, mirar el techo en busca de una posible araña, ordenar todos los envases de acondicionador (¿por qué hay tres botellas de acondicionador y solo una de shampú?, exhalo una cantidad exagerada de aire, con un tono impaciente), mirar mis pies y notar que necesito pintar mis uñas, todo esto antes de lograr equilibrar el agua de la ducha.

Jabón, tallar y enjuagar. Shampú (un poco), enjuagar, aplicar shampú otra vez (en mayor cantidad), asimismo volver a enjuagar. Desenredar el pelo, aplicar acondicionador, enjuagar.

Pausa

Dejar correr el agua caliente por los hombros y poner atención a la canción que se reproduce aleatoriamente en el celular. (¿Cómo puedo tener una canción por un rango de tres años y recién hoy entender realmente su letra y sentirla dolorosa?, con ojos cerrados y manos en los costados, sonrío).

Me giro y siento el agua correr por mi frente. Es un pensamiento, un inocente pensamiento que asoma por entre el vapor: “no sería tan malo terminar con todo y alejarme”, oigo retumbar la idea con un eco patológico por entre las cortinas del baño. 

Era un adormecimiento general, un ardor en los muslos por la probable “ausencia”, un hervor ante lo cortamente conocido y largamente extrañado. Estaba a la espera de esa opresión en el pecho que llevo conmigo desde hace algunos días, ya que establecida la anterior noción era hora de que este padecimiento apareciese (¿es realmente justo atribuir malestares físicos a problemas emocionales? Quizás era una miga de pan en mi garganta que aún no se deshacía, bufé con ironía).

Quise comprobar si la constricción en mi pecho seguía ahí. 
Y no, ya no estaba; el alivio se abrió paso triunfante.

Y con ello, finalmente pude disfrutar de una relajante ducha.

13 julio 2014

De lo que se planea, pero no se dice



   Ahogar la impotencia en tu regazo. Fundir el tiempo que nos separa y proyectarlo en una sesión que me deje vacía por completo, que no haya espacio para dudas, que tus ojos me miren sin que esperes nada de mí, que los míos te miren sin tratar de otorgarles significado alguno. Que lo incorregible se transforme en adecuado, eso quiero.

   El veneno que se acumula ante la espera, el odio que profeso hacia tu persona, los ademanes furiosos e incontrolables que fluyen desde lo más profundo cuando en un trance iracundo, evoco tu cuerpo en mi cama. Lo físico en mí responde con tal rapidez, que no cabe espacio para el miedo.

   Quiero que un flujo agresivo de adrenalina se apodere de la situación y que en un arrebato primitivo nos besemos hasta rasgarnos las bocas. Quiero que nos posicionemos en tierra de nadie, en tierra robada, en un contexto claro pero a la vez ambiguo, en un espacio apto solo para eliminar pulsiones ocultas, para purgar toda la tensión que se forma en mi vientre cuando caigo en cuenta de que te pienso.

   Golpear con caricias esa cara de suficiencia que muestras cuando has bebido y te me insinúas. Hipnotizar con mi desnudez intencionada, aquellos ojos aletargados que constantemente son razón de tentación y conflicto en mis decisiones. En constantes movimientos circulares someter tu cuerpo bajo el mío; ese cuerpo indolente y seductor. Borrar en una liberación extenuante de lujuria todos los argumentos en contra, toda inconstancia que manifiestas cuando hablamos del tema. Apretar tan fuerte tu cuerpo contra el mío que el espacio que constantemente ponemos el uno del otro se quiebre en millones de pedazos irreparables. Saciar todo este deseo, de ti, en ti…

<< Y así jamás volver a verte>>.



   O al menos eso planeo.

01 julio 2014

Conducta de invierno



05:45 A.M, madrugada del día martes.


          Lo oscuro en la habitación se acopla a la perfección con el sentimiento. Las ganas están intactas, el miedo así mismo se mantiene latente. Estoy en un constante ir y venir de iniciativas, de ruegos y añoranzas envueltas en juegos de palabras, roces sutiles en tus manos, confesiones atoradas en los labios de manera perpetua, casi dolorosa.

          Todo pasa en cámara lenta. Los pensamientos siguen un curso caótico y abrumador… Hubo una ocasión en que me pregunté si era realmente posible hacer más de una cosa a la vez. Pues bueno, lo terminé comprobando al estar contigo. No me malinterpretes, es solo que los vacíos que se tienden a formar dejan bastante espacio para reflexionar. ¿Qué terrible coincidencia de situaciones, no? Más para una persona como yo, que suele repensar cada decisión que toma o que llegará a tomar.

           Decir que “espero” suena tan patético, suena a tanta imprecisión léxica de mi parte. Y a pesar de esa noción, sigo utilizando ese maldito verbo. La incertidumbre, la espera constante, las ganas de todo que se traducen finalmente en ganas de nada, la rabia ante la negación, el sudor cálido en las palmas, los sueños que dicen tanto, pero que son obviados por el terror que provocan, el aferrarse a uno mismo mientras se camina a través de un mar de gente, el querer/no querer, el tomar la decisión errónea y saberlo, el beber vino sola, la permanente postura cerca de la estufa, los espasmos culposos, las lágrimas que no deberían formarse, el listado de situaciones sin sentido, moverse por inercia: la paradoja de toda una vida. 

           El paso metafórico que he de dar está ahí, siempre estuvo la opción, pero quise apartarlo en caso de “escape forzoso”. En caso de que me traicionara a mí misma, en caso de que todo valor o principio se viese contradicho por mis acciones, en caso de que decidiese ir en contra de mi lógica maniática, en caso de que las ganas mutaran en sentir, en caso de que me volviese reiterativa y abusara de las comas enumerativas, en caso de que lo pensado se tradujera en lo no debido, pero finalmente ejecutado, en caso de que el monotema se instaurara como régimen en cada conversación, en caso de que lo permisivo significara peligroso (y eso es siempre).

          Las cortinas abiertas de par en par. La luz en la habitación se acopla perfectamente con el sentimiento. La claridad que adormece las pasiones y que lleva a la comprensión, lo nítido en lo establecido, las nuevas reglas a las que me someteré, la canción que oía cuando venía en la micro se repite en mi cabeza, los ojos se cierran en un esfuerzo último por bloquear lo que quiero dar, las mismas confesiones atoradas en los labios, pero eso ya no importa, no corre, no vale, no aplica. Las ganas han sido sobrepasadas por la frustración.

06:03 A.M, madrugada del día martes.


11 abril 2014

Se supone, no ha de suceder



  Y yo aquí en un letargo profundo, tocando la punta de mis dedos. Terminé haciendo lo que no quería hacer: Recrear la intensidad de tus pupilas, rememorar el candil que suponen tus labios, evocar lo ronco en tu voz, delinear en una superficie cualquiera tu torso y tu abdomen, montar en el ápice de mi lengua tu nombre…

Negar que dicho ritual es llevado a cabo diariamente, no lo hace menos cierto. Negar que quiero seguir haciéndolo por mucho tiempo más, no lo hace menos real. Negar que apetece a cada hora del día, no hará que las ganas se desvanezcan. Negar que ansío pensarte detalladamente, no me hará dejar de sentir.


Sentir-te, sentir-me. 


Sentir cada parte de mi cuerpo pulsando por tu tacto. Sentir ese miedo apabullante cada vez que despierto de un sueño en el que estabas tú. Sentir cómo me perturba tu inconstancia al dirigirte a mí, tu misteriosa forma de actuar, tu seriedad, tú. Tus historias, tu ideología, tú. Tus anhelos, tus miedos, tú. Tu respiración entrecortada antes de vociferar una idea, tú. Tu altanería, tus quejas ante el mundo, tú. Tu pasión, tu visceral problemática amorosa, tu experiencia ante la vida,; todo .


Y yo aquí en un letargo profundo, tocando la punta de mis dedos. Terminé haciendo lo que no quería hacer: terminé pensando en ti.







29 marzo 2014

La hora de las reflexiones, es decir las 2:14



Es una palabra vacía.

Vacía en sentido,

vacía en lo hondo de su significancia,

vacía en la intertextualidad que puede suponer para muchos,

vacía en lo que pudo ser alguna vez,

vacía en lo que podrá significar en algún otro período de tiempo,

vacía en este vientre sin anhelos,

vacía en esta noche de pesar,

vacía en esta boca blasfema que aún sueña con poder evocarla sin temores,

vacía como una palabra que se dice, pero no se entiende,

vacía como la mano que acaricia sin amor,

vacía como los sentimientos censurados,

vacía como lo no correspondido,

vacía siempre que se percibe en el aire,

vacía desde las cuerdas vocales hasta el tímpano,

vacía porque yo lo creo así,

vacía como el tiempo invertido en definirla.



Vacía como escribir una y otra vez la palabra “vacía”.

11 marzo 2014

Vino y amor



Partimos tomados de las manos, tu dedo pulgar acaricia el borde exterior de mi mano. Lentamente comienzas a subir hasta mi muñeca. Buscando esas pequeñas venas purpúreas-verdosas, aplicas una leve presión. Esta te llevará a saber cuán exaltada estoy. Sé que es el mínimo tacto, el mínimo roce, el mínimo preludio sin finalidad; porque sé asimismo que cada toque, caricia, contacto físico no lo realizas con esas intenciones. No al menos hoy.

Qué tristeza.

Los dedos restantes se unen a jugar en la piel de mi antebrazo, subes tocando con las yemas de los dedos, palpando suave con tus uñas. Mi piel se eriza, no lo puedo evitar, ¿acaso no lo notas?, pues tus dedos siguen su curso, siguen esta ruta sinuosa y escarpada que ni yo sé con certeza dónde culminará.

Miro hacia tu rostro; ojos fijos en mi brazo. Puedo sentir la cantidad de concentración en tu mirada y me quema. Ese grado de atención que le das a mi piel terminará por quemarme viva. Tus pómulos levantados, la mandíbula apretada, los párpados entrecerrados, los labios juntos, una pequeña arruga en tu mentón, hendiduras varias que se marcan por la tensión en tu rostro. Las facciones parecieran cinceladas, dibujadas en perfecta carne, en perfecta armonía, en perfecto recipiente de mis deseos y añoranzas. Pareciera que estás hecho de fría piedra, estoico ante lo intenso de mis divagaciones, ante la transparente reacción de mi piel, ante la urgencia que denotan mis gestos y respiraciones…

Piedra fría que provoca un incendio.

Detienes tus atenciones y yo quedo en silencio, temiendo no sentir más tus dedos en mi piel. Temiendo que mis reacciones silentes te hayan espantado de alguna manera.

Es pura incertidumbre por unos instantes. Entonces, decides mover tu cuerpo cerca de mí, pasando uno de tus brazos por sobre mis hombros. En un abrazo cálido de medio lado he quedado atrapada, embelesada por el calor que irradias, atorada en esta paradoja sentimental que pareciera no acabar, prendada nuevamente de ti.

Posas tu cabeza en el espacio entre mi cuello y mi hombro. A esta distancia no es difícil oler la excitante mezcla de vino tinto y colonia en tu cuerpo. La cercanía permite que sienta tus labios y respiración sobre mi piel, ¿quién imaginaría el poder que tienes en las reacciones de mi cuerpo, en la velocidad de estas mismas y en el rango de error de mis decisiones?, porque cómo pude acceder nuevamente a tenerte así de cerca y no hacer nada.

Te aproximas a mi cuello con lentitud, vacilante casi. La expectación se siente en el aire, en los resoplos leves que doy cerca de tu oído, pero más que nada en el ambiente cargado de feromonas y electricidad. Pareciera que esta situación nos lleva a lo mismo siempre: Una yo muy exaltada e hiperventilada, un tú provocador e indolente ante mi situación (bien sabida/no sabida por ti).

Mi culpa por permitir, tu culpa por intentar y lograrlo.

Aferras tus manos a los costados de mis muslos acercándome todavía más a ti. Con un brazo rodeas mi cintura, con el otro posicionas mis piernas sobre tu regazo. No me muevo, ya que pienso que cualquier movimiento puede alterar la armonía de tus avances. De verdad espero que no duermas, pero por el ritmo de tus respiraciones bien sé que estás en proceso de hacerlo. Murmuras unas cuantas frases de amor y agradecimiento, para luego dormirte.

Yo maldigo y me frustro. Respiro hondo y te veo dormir. Intento cerrar mis ojos y no pensar. No pensar en lo condenadamente poético de mi predicamento, en lo abnegado/estúpido de mi decisión, en el deseo que provocas sin siquiera estar consciente de ello, pero más que nada, no pensar en que cada vez que dejo que te acerques es permitirme amarte. Amarte aunque se traduzca en no tener el control de las circunstancias (...) Emites tenues ronquidos. Termino por convencerme que seguirás aquí por bastante tiempo. Lo metafórico se transforma en literal contigo…



Mejor no pensarlo, no en absoluto.