29 marzo 2014

La hora de las reflexiones, es decir las 2:14



Es una palabra vacía.

Vacía en sentido,

vacía en lo hondo de su significancia,

vacía en la intertextualidad que puede suponer para muchos,

vacía en lo que pudo ser alguna vez,

vacía en lo que podrá significar en algún otro período de tiempo,

vacía en este vientre sin anhelos,

vacía en esta noche de pesar,

vacía en esta boca blasfema que aún sueña con poder evocarla sin temores,

vacía como una palabra que se dice, pero no se entiende,

vacía como la mano que acaricia sin amor,

vacía como los sentimientos censurados,

vacía como lo no correspondido,

vacía siempre que se percibe en el aire,

vacía desde las cuerdas vocales hasta el tímpano,

vacía porque yo lo creo así,

vacía como el tiempo invertido en definirla.



Vacía como escribir una y otra vez la palabra “vacía”.

11 marzo 2014

Vino y amor



Partimos tomados de las manos, tu dedo pulgar acaricia el borde exterior de mi mano. Lentamente comienzas a subir hasta mi muñeca. Buscando esas pequeñas venas purpúreas-verdosas, aplicas una leve presión. Esta te llevará a saber cuán exaltada estoy. Sé que es el mínimo tacto, el mínimo roce, el mínimo preludio sin finalidad; porque sé asimismo que cada toque, caricia, contacto físico no lo realizas con esas intenciones. No al menos hoy.

Qué tristeza.

Los dedos restantes se unen a jugar en la piel de mi antebrazo, subes tocando con las yemas de los dedos, palpando suave con tus uñas. Mi piel se eriza, no lo puedo evitar, ¿acaso no lo notas?, pues tus dedos siguen su curso, siguen esta ruta sinuosa y escarpada que ni yo sé con certeza dónde culminará.

Miro hacia tu rostro; ojos fijos en mi brazo. Puedo sentir la cantidad de concentración en tu mirada y me quema. Ese grado de atención que le das a mi piel terminará por quemarme viva. Tus pómulos levantados, la mandíbula apretada, los párpados entrecerrados, los labios juntos, una pequeña arruga en tu mentón, hendiduras varias que se marcan por la tensión en tu rostro. Las facciones parecieran cinceladas, dibujadas en perfecta carne, en perfecta armonía, en perfecto recipiente de mis deseos y añoranzas. Pareciera que estás hecho de fría piedra, estoico ante lo intenso de mis divagaciones, ante la transparente reacción de mi piel, ante la urgencia que denotan mis gestos y respiraciones…

Piedra fría que provoca un incendio.

Detienes tus atenciones y yo quedo en silencio, temiendo no sentir más tus dedos en mi piel. Temiendo que mis reacciones silentes te hayan espantado de alguna manera.

Es pura incertidumbre por unos instantes. Entonces, decides mover tu cuerpo cerca de mí, pasando uno de tus brazos por sobre mis hombros. En un abrazo cálido de medio lado he quedado atrapada, embelesada por el calor que irradias, atorada en esta paradoja sentimental que pareciera no acabar, prendada nuevamente de ti.

Posas tu cabeza en el espacio entre mi cuello y mi hombro. A esta distancia no es difícil oler la excitante mezcla de vino tinto y colonia en tu cuerpo. La cercanía permite que sienta tus labios y respiración sobre mi piel, ¿quién imaginaría el poder que tienes en las reacciones de mi cuerpo, en la velocidad de estas mismas y en el rango de error de mis decisiones?, porque cómo pude acceder nuevamente a tenerte así de cerca y no hacer nada.

Te aproximas a mi cuello con lentitud, vacilante casi. La expectación se siente en el aire, en los resoplos leves que doy cerca de tu oído, pero más que nada en el ambiente cargado de feromonas y electricidad. Pareciera que esta situación nos lleva a lo mismo siempre: Una yo muy exaltada e hiperventilada, un tú provocador e indolente ante mi situación (bien sabida/no sabida por ti).

Mi culpa por permitir, tu culpa por intentar y lograrlo.

Aferras tus manos a los costados de mis muslos acercándome todavía más a ti. Con un brazo rodeas mi cintura, con el otro posicionas mis piernas sobre tu regazo. No me muevo, ya que pienso que cualquier movimiento puede alterar la armonía de tus avances. De verdad espero que no duermas, pero por el ritmo de tus respiraciones bien sé que estás en proceso de hacerlo. Murmuras unas cuantas frases de amor y agradecimiento, para luego dormirte.

Yo maldigo y me frustro. Respiro hondo y te veo dormir. Intento cerrar mis ojos y no pensar. No pensar en lo condenadamente poético de mi predicamento, en lo abnegado/estúpido de mi decisión, en el deseo que provocas sin siquiera estar consciente de ello, pero más que nada, no pensar en que cada vez que dejo que te acerques es permitirme amarte. Amarte aunque se traduzca en no tener el control de las circunstancias (...) Emites tenues ronquidos. Termino por convencerme que seguirás aquí por bastante tiempo. Lo metafórico se transforma en literal contigo…



Mejor no pensarlo, no en absoluto.