Las puertas de la habitación, abiertas de par en par.
Somnolienta, me levanto de la cama, para así poder abistar en toda su plenitud, a la dulce luna llena, que hoy me acompaña. Ésta esplendorosamente se planta en el centro del cielo nocturno, sin ningún miedo, sin ningún remordimiento... sin imaginar los sentimientos que desencadena en las almas de los mortales.
En aquella contemplación, se funde la grandeza de la reina luna, con mi insignificante posición de observadora.
Una ténue sensación de soledad, atrapa a mi corazón.... temiendo ser presa de mis emociones, busco evitar ser vulnerable, pero ya es tarde, la luna junto con los sentimientos no deseados, han entrado en mí.
Siento que mi existencia no es más que un error, un ínfimo error; como si no fuese más que una célula, la cuál nisiquiera forma parte de un algo superior a ella. Me sentí nada.... yo era nada.
Casi rompía en llanto, al saber que estaba sola. ¿cómo había llegado allí?, ya no sabía nisiquiera por qué estaba en aquella habitación, ni por qué me asomé a ver la luna.
Cuando, sin yo percatarme, una mano rozó mi espalda.... lentamente la mano se transformó en un brazo, y éste rodeó mi cuello. Por unos instantes tuve miedo, pero el cálido roce me hizo recordar que eras tú. Cuán epifanía, vi tu silueta.
¡cómo pude olvidar que había pasado la noche contigo! ahora, ya no quería nada que no fueses tú.
Ya no quería ver la luna.... ya no quería sentirme nada. Ahora te desaba a ti.... tan sólo a ti, y así olvidar todo.... salvo tu silueta, y la intensidad que en mÍ crea el contacto de tus manos en mi piel.