Y yo aquí en un letargo profundo, tocando la punta de mis dedos. Terminé haciendo lo que no quería hacer: Recrear la intensidad de tus pupilas, rememorar el candil que suponen tus labios, evocar lo ronco en tu voz, delinear en una superficie cualquiera tu torso y tu abdomen, montar en el ápice de mi lengua tu nombre…
Negar que dicho ritual es llevado a cabo diariamente, no lo hace menos cierto. Negar que quiero seguir haciéndolo por mucho tiempo más, no lo hace menos real. Negar que apetece a cada hora del día, no hará que las ganas se desvanezcan. Negar que ansío pensarte detalladamente, no me hará dejar de sentir.
Sentir-te, sentir-me.
Sentir cada parte de mi cuerpo pulsando por tu tacto. Sentir ese miedo apabullante cada vez que despierto de un sueño en el que estabas tú. Sentir cómo me perturba tu inconstancia al dirigirte a mí, tu misteriosa forma de actuar, tu seriedad, tú. Tus historias, tu ideología, tú. Tus anhelos, tus miedos, tú. Tu respiración entrecortada antes de vociferar una idea, tú. Tu altanería, tus quejas ante el mundo, tú. Tu pasión, tu visceral problemática amorosa, tu experiencia ante la vida, tú; todo tú.
Y yo aquí en un letargo profundo, tocando la punta de mis dedos. Terminé haciendo lo que no quería hacer: terminé pensando en ti.
Francisca. ¿Cuándo actualizas?
ResponderEliminarUn abrazo.