13 julio 2014
De lo que se planea, pero no se dice
Ahogar la impotencia en tu regazo. Fundir el tiempo que nos separa y proyectarlo en una sesión que me deje vacía por completo, que no haya espacio para dudas, que tus ojos me miren sin que esperes nada de mí, que los míos te miren sin tratar de otorgarles significado alguno. Que lo incorregible se transforme en adecuado, eso quiero.
El veneno que se acumula ante la espera, el odio que profeso hacia tu persona, los ademanes furiosos e incontrolables que fluyen desde lo más profundo cuando en un trance iracundo, evoco tu cuerpo en mi cama. Lo físico en mí responde con tal rapidez, que no cabe espacio para el miedo.
Quiero que un flujo agresivo de adrenalina se apodere de la situación y que en un arrebato primitivo nos besemos hasta rasgarnos las bocas. Quiero que nos posicionemos en tierra de nadie, en tierra robada, en un contexto claro pero a la vez ambiguo, en un espacio apto solo para eliminar pulsiones ocultas, para purgar toda la tensión que se forma en mi vientre cuando caigo en cuenta de que te pienso.
Golpear con caricias esa cara de suficiencia que muestras cuando has bebido y te me insinúas. Hipnotizar con mi desnudez intencionada, aquellos ojos aletargados que constantemente son razón de tentación y conflicto en mis decisiones. En constantes movimientos circulares someter tu cuerpo bajo el mío; ese cuerpo indolente y seductor. Borrar en una liberación extenuante de lujuria todos los argumentos en contra, toda inconstancia que manifiestas cuando hablamos del tema. Apretar tan fuerte tu cuerpo contra el mío que el espacio que constantemente ponemos el uno del otro se quiebre en millones de pedazos irreparables. Saciar todo este deseo, de ti, en ti…
<< Y así jamás volver a verte>>.
O al menos eso planeo.
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