18 julio 2014

La elocuencia que brota un par de pasos más allá



Encender la luz del baño, abrir el mueble blanco para sacar una toalla, colgar dicha toalla cerca de la ducha, poner pasta de dientes en el cepillo y posicionarlo a un lado del lavamanos.

Pausa

Mirarme en el espejo: Pasar la vista desde la raíz del pelo hasta el lunar en la parte baja de mi mentón. Como un programa de televisión repetido, aparecen mis facciones doloridas con un dejo de desconcierto. ¿Siempre he sido así o es por el clima? (una pregunta recurrente por estos días).

Desvestirse, soltarse el pelo, sacarse el reloj. Admirar momentáneamente el cuerpo sin ropa, sin mentiras, agotado y lánguido (¿serán las tres de la tarde?, pienso).

El celular queda sobre la ropa, busco una canción adecuada (así con el cuerpo desnudo y media entumida, pero a la vez absorta en la acción), toco reproducir y entro a la ducha.

Lograr un balance entre el agua helada y el agua caliente siempre resulta un maldito desafío. Esperar, mirar el techo en busca de una posible araña, ordenar todos los envases de acondicionador (¿por qué hay tres botellas de acondicionador y solo una de shampú?, exhalo una cantidad exagerada de aire, con un tono impaciente), mirar mis pies y notar que necesito pintar mis uñas, todo esto antes de lograr equilibrar el agua de la ducha.

Jabón, tallar y enjuagar. Shampú (un poco), enjuagar, aplicar shampú otra vez (en mayor cantidad), asimismo volver a enjuagar. Desenredar el pelo, aplicar acondicionador, enjuagar.

Pausa

Dejar correr el agua caliente por los hombros y poner atención a la canción que se reproduce aleatoriamente en el celular. (¿Cómo puedo tener una canción por un rango de tres años y recién hoy entender realmente su letra y sentirla dolorosa?, con ojos cerrados y manos en los costados, sonrío).

Me giro y siento el agua correr por mi frente. Es un pensamiento, un inocente pensamiento que asoma por entre el vapor: “no sería tan malo terminar con todo y alejarme”, oigo retumbar la idea con un eco patológico por entre las cortinas del baño. 

Era un adormecimiento general, un ardor en los muslos por la probable “ausencia”, un hervor ante lo cortamente conocido y largamente extrañado. Estaba a la espera de esa opresión en el pecho que llevo conmigo desde hace algunos días, ya que establecida la anterior noción era hora de que este padecimiento apareciese (¿es realmente justo atribuir malestares físicos a problemas emocionales? Quizás era una miga de pan en mi garganta que aún no se deshacía, bufé con ironía).

Quise comprobar si la constricción en mi pecho seguía ahí. 
Y no, ya no estaba; el alivio se abrió paso triunfante.

Y con ello, finalmente pude disfrutar de una relajante ducha.

2 comentarios:

  1. mis duchas duran 30 minutos. 15 buscando una canción y 15 en lo demás. la disfruto sí.

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  2. Una buena ducha debería durar lo que dure la reflexión, el tiempo es relativo cuando se trata de "duchas", no?

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