26 noviembre 2013

Aceptando a la primera persona gramatical

Salía todos los días a las 7:30 a tomar la micro. La esperaba unos diez minutos y mientras eso sucedía, se acomodaba a un lado del paradero para leer. Se subía a la micro, apretadísima, sudorosa, somnolienta. Lanzaba entonces improperios al aire de manera silenciosa.
Llegando al metro caminaba con paso rápido evadiendo a la masa de gente que se cruzaba en su camino. La meta era clara: llegar a tiempo, cumplir con sus responsabilidades, no caerse a las vías del metro en el proceso. Bastante simple.
Tras el viaje en el transporte subterráneo, llegaba al fin al esperado destino (...)
El día transcurría algunas veces lento, otras con gran velocidad; Este era un día donde todo parecía irse entre sus manos, parecía desvanecerse ante sus ojos. La luz potente, el olor a protector solar que tanto amaba, el pasto húmedo, el viento suave, las flores cayendo levemente... todo parecía estar rodeado por un halo de prosperidad. Bueno quizás no prosperidad, pero el sobrecogimiento que sentía en ese momento hacía que aquel instante pasase por una especie de filtro extraño, poco común para su personalidad, pero a la vez acogedor.
Como una niña pequeña que desea que el día no acabe, se movía ansiosa por entre las personas que distendídamente la acompañaban. Las miradas se cruzaban rápidas, como esperando una respuesta tácita. Las manos se movían agitádamente para no perder el paso del hilo conductor de ideas. Las botellas llenas de agua se pasaban de mano en mano, calmando en parte la sed que la conversación provocaba.
Se recostó apoyando la cabeza en sus manos, suspiró hondo y cerró los ojos calmando así el corazón que tantos altibajos había sufrido en este último tiempo.
El dolor en el pecho disminuía con el paso de los minutos, sin saberlo sus pensamientos se dirigieron a otra parte y no al recurrente pasadizo tortuoso que solía visitar a diario. Se fueron a un plano neutro alejado de toda influencia externa.
A veces se oían risas, murmullos, silencios prolongados, cacofonías alentadoras que  invitaban a dormitar. Un sinfín de sonidos que en tantas instancias creyó infantiles, insulsos, hasta patéticos. Pero que en aquel instante, en aquel lugar, en aquella instancia de la vida, de su vida, pasaban a ser casi por inercia uno de los momentos más felices que pudiese vivenciar. Se concentró en la sensación que el sol provocaba en su piel. Fue así que pensó: tal vez la vida no es tan mala. (...)
Sin saberlo me hallaba sentada repasando una historia que creí ajena. Tuve un instante de pesar, de tristeza infundada, de dolor agudo en la caja torácica, de calambres en mis manos, de escalofríos en mi espalda. Mas al querer evocar el por qué de estos síntomas, no pude concebirlo a cabalidad. Es decir está ahí, pero ya no está del todo dentro de mi sistema.
Mi pecho bajaba lento al compás de las voces. Me centré en el calor del sol y así en un tono aterciopelado y con énfasis en la modulación, enuncié un gracias cargado de significancia. Cargado de auto-referencia si se quiere decir, de un asombro ante la comprensión de la realidad evidente. En resumidas cuentas de la aceptación misma de que siempre estuve ahí, de que siempre estuve bajo aquella historia.


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