El cuarto es frío en comparación con sus manos. La caminata fue de al menos catorce cuadras, he ahí el motivo de que su cuerpo expeliera tal grado de calor.
Debes pensar
Dejó las llaves colgadas, se sacó la mochila de la sudorosa espalda y la lanzó con un gesto de alivio a uno de los sillones de cuero.
Habiéndose quitado aquel peso, finalizó su rutina de llegada, como a veces la llamaba, parando la música que insistentemente continuaba sonando a través de los audífonos que colgaban en su pecho.
Sí, pensarlo a él
Miró hacia la cocina esperando no encontrarse con ningún miembro de la familia, ya que ser vista en este estado no era una idea que le causase demasiada dicha. Se acercó al lavaplatos, tomó un vaso y lo llenó de agua tibia. El agua tibia es buena, pensó. Aleja los malos pensamientos y las frustraciones diarias.
Se posicionó cerca de una de las sillas debatiendo si sentarse o no. Se sentó.
La vista estaba plagada de un azul oscuro, pues las cortinas estaba abajo y la luz proveniente desde el exterior era bloqueada por la tela. Se levantó y corrió las cortinas. Asimismo abrió el ventanal esperando recibir un poco de aire fresco.
Debes pensar en él
Se sentó nuevamente, pero ahora miraba hacia el suelo con el mentón pegado al pecho, viendo de este modo cómo sus senos subían y bajaban al ritmo de la respiración, clavando las uñas en sus propios muslos, sintiéndose inconexa, turbada por una emoción extraña y a la vez conocida que le susurraba que aquel instante era perfecto. Perfecto para sentir cómo el alcohol adormecía su cuerpo y enceguecía lentamente su raciocinio.
No luches. Piensa en él
Se tocaba el cuello y la nuca queriendo en cierto modo evitar pensar en lo prohibido. Su estructura mental se esfumaba junto con la fuerza de voluntad. Todo es tan trágico, pensó. No puedo evitarlo aunque lo desee.
Se sumió en una serie de pensamientos: algunos obscenos y bizarros, otros lujuriosos y estimulantes, algunos rotos por la creencia de que eran irrealizables, otros muchos incoherentes en su forma y sentido, uno pocos románticos hasta el punto de ser asquerosamente cursis. Dentro de esta fosa deforme de clarividencias aparece resaltada una noción que rayaba en lo absurdo, en lo tragicómico, en lo funesto y efímero. Manchada de matices polimorfos, quemada en su exterior por una fuerza magnética, envuelta en un humo gris que jugaba a ser dulce miel evaporándose al sol, explicada en el mundo de lo icónico como un músculo palpitante y rebosante de color carmesí. Sí, el amor afloró en su mente anestesiada por el licor.
No lo dudes ahora ni nunca
Decidió que era momento de cambiar de ambiente. Se levantó y se dirigió a la escalera. Peldaño tras peldaño su corazón se mostraba rápido y estruendoso. Un inconstante martillar se presentó a un costado de su traquea, la boca se volvió amarga y marchita. Posicionó su dedo índice en el labio inferior. El recuerdo de un beso inexistente voló presuroso.
La respiración se esparcía por sobre su cabeza, hiperventilaba y lo sabía muy bien. Su cuerpo se mostraba receptivo ante aquel recuerdo, ante aquella conversación, ante todo lo masculino-primitivo, ante esa sensación de brusquedad que proyectaban sus movimientos y voz encadenados en un solo esfuerzo por evocar sonidos guturales, ante lo sensual de estarlo fantaseando mientras él no lo sabía.
Estaba hecha una masa de nervios alterados por su nombre, por su cuerpo, por la naturaleza de ser quién era, por sus manos en movimiento, por su sarcasmo al dirigirse a ella, por el desdén que producía en otros la ironía que mostraba ante la vida...
Todo lo que él es
Subió hasta su cuarto y se lanzó a la cama. Esa tarde se arrojó al delirio de pensar en él.
Desde mañana ya no lo haré más, pensó. La fuerza de voluntad regresaba a ella y así se alejaba el estupor del alcohol. Tuvo ganas de levantarse y dejar a un lado lo ocurrido, pero aunque quisiera huir de este hecho no lo lograría. Los remansos de su exaltación se mostraban de forma concreta en su piel. Se levantó de la cama.
Caminando hasta su ventana pudo ver cómo pequeños restos de pensamientos se desprendían de sus piernas. Respiró con pesar.
La brisa de diciembre se colaba por su pelo. Con las manos en el marco de la ventana y la boca entreabierta se dejó torturar una vez más. Lo he hecho todo el día, ¿por qué parar ahora?, pensó.
No debes tener excusas, sólo hazlo
Sí, era una tortura, pero era una tortura que le pertenecía solamente a ella.
Buf, pensar y pensar... Un verdadero tormento...
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